viernes, 18 de enero de 2008

Todo se Paga

Francisca había tenido una vida difícil. Su madre murió cuando tenía 5 años, su padre se hizo cargo de ella, pero, muy a su pesar, no había sido el mejor padre, él lo sabía y ella vivía ese dolor a diario.

Francisca se casó con el que creía sería el hombre de su vida cuando sólo tenía 17 años. Tuvieron dos hijos, María Paz y Esteban. Lamentablemente luego del nacimiento de Esteban, el menor, su marido la dejó para irse con su mejor amiga. Fueron momentos difíciles, se sentía tan sola como antes y ahora tenía que ser fuerte por tres. Trabajó duro, luchó cada día, trabajando muchas veces más de lo que realmente podía para mantener su hogar. Fue así que conoció a Pedro, un estudiante menor que ella, de quien se enamoró. Estuvieron juntos mucho tiempo, los amigos de él pasaron a ser sus amigos, pues ella había perdido a los suyos largo tiempo atrás. Pedro, su pareja; Gonzalo, un hombre conocido por su gusto por las mujeres, quien era pareja de la hermana de la mejor amiga de Samuel, amiga también de Francisca; y Samuel, un hombre reconocido por su gusto por los hombres quien era pareja de un amigo, todos conocidos entre todos; junto con sus hijos, pasaron a ser su familia, compartían penas y alegrías, pasando incontables momentos de felicidad, así como de tristeza, compartiendo el primer día de colegio de sus hijos, más de una Navidad y un Año nuevo juntos, así como fiestas y cumpleaños, que eran los momentos que con mayor gusto compartían estos amigos. Todo estuvo bien hasta el cumpleaños número 27 de Francisca.

Como era costumbre celebraron el cumpleaños de Francisca en su casa, "una noche de desenfreno", como decían cuando ya tenían unas copas en el cuerpo. Por cosas que este narrador aún no sabe, y probablemente nunca sabrá, Pedro y Francisca tuvieron una gran pelea, esto, a pesar de lo que se podría pensar, no era muy frecuente. Después de varios gritos y un portazo que movió hasta el último cuadro que colgaba de las paredes de la casa, Pedro dejó la fiesta y a Francisca con lágrimas en los ojos. Como era lógico Samuel y Gonzalo intentaron consolarla, pero ella sentía que todo estaba perdido... y tenía razón.

Después de beber todo el alcohol que pudieron conseguir esa noche, "para ahogar las penas" -como decía Gonzalo-, los tres decidieron dar por terminada la fiesta. Como Francisca no estaba del todo bien, sobre todo luego de las cantidades de vasos que vació y volvió a llenar, sus amigos decidieron acompañarla. Así, y dada la escasez de camas desocupadas, los tres se acomodaron como pudieron en la cama de Francisca. Luego de conversaciones incoherentes sobre la vida y otros menesteres, y por razones que, digo nuevamente, tal vez nunca se sabrán -el lector tendrá que disculpar la falta de información que a ratos demuestar el narrador-, por razones, decía, que desconozco, Samuel y Francisca comenzaron a relacionarse en un nivel más allá de la amistad. Es así como Gonzalo, a pesar de lo extrañado que estaba de que Samuel se aventurara en besos y tocaciones varias con alguien del sexo opuesto, interviene con una simple pregunta:

- ¿Quieren que los deje solos?

Francisca, con un desplante pocas veces visto, y con un tono de voz que revelaba más de lo que en una situación cualquiera podría ser decoroso -aunque debemos reconocer que esta situación dificilmente puede ser clasificable de cualquiera- le responde:

- No, quédate
- Pero Francisca....

La frase que Gonzalo intentó articular fue detenida por el más apasionado beso, es así que, sin planificarlo en ningún momento, comienza el que probablemente será el ménage à trois menos probable. Luego de un rato de manoseos que no viene al caso describir, Samuel, cuando por fin cae en cuenta de lo que está sucediendo se levanta y camina rápida y silenciosamente -quien lee con cuidado notará que Samuel camina silenciosamente para no despertar a los hijos de la protagonista de esta historia y de este ménage à trois-, va a la sala, recoge las pocas cosas que había llevado y se devuelve al cuarto para buscar su ropa, en ese momento Francisca intenta detenerlo.

- ¿Para dónde vas?
- Me voy de esta mierda de casa, eres una puta
- No me digas esas cosas Samuel
- ¡Puta de mierda, no te das cuenta de lo que está pasando, estás cagando a tu pololo con sus dos mejores amigos! y más encima con tus hijos a dos pasos de aquí!!...
- ...no me puedes decir esas cosas, por favor, no me... - El llanto le impidió terminar la frase.
- Y a voh hueón, toma tu celular por si te llama tu polola, ¡váyanse a la mierda!

Samuel, luego de dar un portazo que nuevamente hizo mover hasta el último cuadro, los deja en la cama. Lo que habrá pasado en esa casa después de la escena que acabamos de describir, es algo que sólo los dos involucrados podrían contestar.


Pasaron varios días en los que Francisca llegaba llorando a la casa de Samuel, buscando un perdón que no necesariamente merecía, pero un perdón que Samuel tampoco estaba en condiciones de dar, puesto que él era tan culpable como ella. Varias semanas después -cuando Pedro ya se había enterado de todo y, por alguna gracia divina que no podremos conocer, había perdonado a Gonzalo y a Samuel-, estaban juntos estos amigos, amigos de curiosas historias, como ya se habrán percatado, estaban juntos, decíamos, cuando recibieron una llamada de Francisca. Llamaba, nada más y nada menos que para despedirse, pues había ingerido cuanto medicamento tenía en su poder y en aquel preciso momento se estaba cortando las venas. Melodramático es, pero no por eso menos cierto, pues acá sólo describimos los hechos y éstos irrefutables son, pues los hechos, hechos son y por tanto no tienen mayor explicación. Cuando Pedro, Samuel y Gonzalo llegan a casa de Francisca, ésta se encontraba en su cama, la escena era más bien grotesca, había sangre hasta donde la imaginación del lector pueda llegar y ella yacía casi sin vida sobre esta mezcla de sangre y sábanas. Pedro, llorando, le pide perdón, le ruega que no lo deje, pues él todavía la ama, Francisca lo mira y lo único que logra decir es que por favor cuide de sus hijos. Dicho esto, Francisca, en un suspiro inaudible, deja este mundo para ir quien sabe donde.

Pedro se hizo cargo de María Paz y Esteban por varios años. No estaba bien, culpaba sin desearlo a Francisca, sentía que le había hecho daño, un daño que él no merecía, por esto culpaba a los niños, niños que nunca pudo sentir como suyos, hasta que un día, tal vez sin quererlo, tal vez con intención, fue a la cocina y tomó un cuchillo, el brillo del metal lo cegaba, no pensó más... así fue como Pedro les dió a María Paz y Esteban un destino parecido al que su madre eligió y luego, con el mismo metal -ahora opaco por un líquido espeso y de color rojizo que él no alcanzó, no pudo o simplemente no quiso identificar como sangre- hizo lo que hace muchos años venía planeando, tal vez no así, no aquí, pero con el mismo resultado.

"La sangre con sangre se paga", ese fue su último pensamiento.


No hay comentarios: