miércoles, 19 de marzo de 2008

Viejo, mi Querido Viejo...

He reflexionado más de alguna vez sobre la muerte de mi padre. Cómo sucedió, por qué sucedió, cuanto tiempo tomó esa agonía -que no fué sólo de él, fue de todos quienes lo rodéabamos- y todo lo que ocurrió después.

Mi padre era médico, de esos médicos antigüos, "médico de cabecera" les decían, un gran amante de los libros, la ópera y el buen comer. Como médico era un excelente clínico -no lo digo yo, lo dijeron siempre sus pacientes y colegas-, con gran vocación, trabajando más por el paciente que por lo que podía ganar materialmente. Trabajaba mucho, desde que era estudiante se exigía mucho, era Médico Cirujano, Bachiller en Ciencias Económicas y Contador Auditor, todas carreras estudiadas casi en paralelo. Cuando ya ejerció como profesional de la salud, trabajaba casi 24 horas al día, siempre pensaba que él estaba de turno siempre, salía a cualquier hora, interrumpía cualquier cosa por sus pacientes y las personas que confiaban en él. Yo lo acompañaba, me gustaba ir con él y aunque me quedaba esperando en el auto, sentía esa emoción de saber que él estaba haciendo lo posible por ayudar a un otro en necesidad. Cuando ya fui más grande, él antes de salir me explicaba los síntomas y yo me tiraba de cabeza a los libros de medicina -algunos de los cuales aún conservo- y buscaba qué podría ser lo que tenía el paciente... era tan divertido, era una búsqueda frenética, casi adrenalínica porque mi tiempo límite era cuando él regresaba.

A medida que fui creciendo nos fuimos distanciando, mi adolescencia, su vejez cada vez más cercana y quien sabe cuánto más nos fue separando, ahora pienso que sucedió porque cada vez nos fuimos pareciendo más, cada día pensábamos de forma más similar, pero desde diferentes perspectivas, él era un poco anticuado y yo, bueno, iba al tiempo que mi desarrollo de adolescente me imponía.

Mi padre trabajó sin parar más de 40 años y eso le pasó la cuenta. Luego de una gran crisis de salud descubrió que tenía un tumor de 10 centímetros en el pulmón izquierdo, el cual rodeaba una arteria. Pasaron 10 años desde ese diagnóstico, casi un milagro decían sus colegas, pero el deterioro era constante. Cuando la enfermedad se apoderó completamente de él ya casi no hablaba, no podía caminar porque perdía el equilibrio y las piernas no lo sostenían. Así, y por otros síntomas que prefiero no mencionar, quedó prácticamente postrado. Ocurrió lo que casi siempre ocurre con los enfermos que se denominan terminales, se volvió demandante, malhumorado todo el tiempo, las discusiones eran frecuentes y la crisis familiar que esto trajo aparejado fue muy dura. Finalmente tuvo que ser hospitalizado y a la mañana siguiente desperté con la noticia de su muerte.

Me costó darme cuenta de lo que realmente había sucedido y debo confesar que en un principio tuve una gran sensación de alivio, porque fueron semanas y meses de agonía familiar. Mi madre no dormía, yo a duras penas lo hacía y, dentro de lo posible, tenía que funcionar en mi obligaciones cotidianas. Fue duro, muy difícil, pero de una un otra forma lo logré.

Después de eso vinieron momentos de soledad para mi madre, lloraba cada día y cada noche, pero su cansancio la vencía y se quedaba dormida. Por supuesto que dentro de las dificultades también se contaron las económicas, vivir con la mitad (o menos) con lo que acostumbrábamos a vivir fue duro y sigue siendo duro.

Hace dos años ocurrió esto y me he dado cuenta de lo parecido que soy a mi padre, antes luchaba contra esa sensación, ahora la acepto, la abrazo y me causa agrado. Fue una gran persona y, a pesar de que en su momento no lo aprecié, siempre hizo lo mejor para mi, a su manera, en su distancia, pero siempre lo mejor para mi madre y para mí. Estoy agradecido de él, recordándolo a diario y también cada vez que "Mi Viejo" suena en alguna radio, le encantaba esa canción y una vez que la escuchó me miró y dijo: "cada vez que la escuches piensa en mi" y así ocurre, cada vez que la escucho o pienso en esa canción lloro. Lloro por no haber aprovechado más los momentos que lo tuve a mi lado, lloro por haber peleado tanto por cosas tan insignificantes, pero dentro de todo mis lágrimas tienen paz, porque siempre recuerdo esa sensación de perdón y paz que nos pudimos dar pocos días antes de su muerte.

...Viejo, mi querido viejo...

Te quiero y te extraño.

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