sábado, 22 de marzo de 2008

Visitas Inesperadas

Siempre he pensado que hay dos tipos de visitas, las agradables y esperadas (como las que este blog recibe =D) y las que son inesperadas y cortan la rutina, esa programación casi automática que te haces para poder llevar de la mejor manera posible -o por lo menos de la manera que más te acomoda- el día. Hoy desperté con la sorpresa de que estaban en la puerta mis medios hermanos y cuñados... mi primera expresión fue "aaaaaggrrrrrr que lata!", eso significaba levantarme de inmediato, hacer la cama, ducharme rápidamente y poner la mejor cara, no esa que dice "que lata tener que estar con ustedes, debería estar durmiendo", si no que poner la que dice "que rico que vinieron"... el problema es que, sinceramente, a mi lo del cinismo no me resulta.

Estaba dándome vueltas en la cama, perdido en mis divagaciones de "me levanto, no me levanto" cuando de pronto pensé: "qué tanta hueá, estoy en mi casa y si quiero me levanto, total, deberían avisar si van a venir", mínimo, ¿cierto?. Si vas a visitar a alguien, sobre todo un sábado, que por lo demás es feriado, por lo menos ten la decencia de avisar con un día de anticipación, pero no, esta cosa fue así no más, aparecieron y se dejaron caer. De hecho, todavía están ahí, en el living, esperando que yo me aparezca con esa cara de alegría y dicha, fingida por supuesto, pero dicha al fin y al cabo, pero, muy al contrario de lo esperado, estoy en mi habitación, desahogando mi malestar en el blog, esperando que de alguna forma mágica la visita de estas personas se acorte, tal vez por decisión propia o por el hecho de sentir de que la cagaron al aparecerse repentinamente. Más encima, aparte de toda la lucha interna que una visita inesperada desata en el interior de una persona como yo, está la presión materna de "te quieren saludar", ¿hay algo más desagradable?. Cómo explicar que estoy sentado en mi cama, escribiendo algo que por muy superficial que sea me parece infinitamente más interesante que ir al exterior (ese espacio desconocido en el que se convierte todo lo que está fuera de las cuatro paredes de tu cuarto), ese espacio ajeno en el que se convierte el resto de tu casa como por resultado de una invasión (esto es como el "Día D", todo el mundo desembarcó en mi casa). Cómo explicar, decía, que estoy sentado escribiendo, cómodo, viendo de reojo una película, despeinado, aún sin ducha, con ropa de "trajín" (esas prendas medio agujereadas que te pones para andar en tu casa en un fin de semana en el que supuestamente no tendrías que verle la cara a nadie), y que quiero encerrarme eternamente a esperar a que el "enemigo" desaparezca.

No me gusta ser políticamente correcto cuando realmente quiero algo diamentralmente opuesto, es que hay pocas cosas que me molesten más que la interrupción a mi cotidianeidad, a mi rutina, a mi quehacer ocioso, a mi "no hacer nada", es por eso que opto por el encierro cuando ocurren estas cosas, hago de mis cuatro paredes el espacio ocioso que supuestamente hubiese sido mi casa, de no ser por quienes aparecen y comenten un homicidio, matan a sangre fría el espacio del Otro, de aquel que no esperaba ni quería socializar, de ese Otro que ahora soy Yo.

Me molesta enormemente también que este crimen, este asesinato a mi ocio haya ocurrido entre espacios, en esos momentos en que entre el desayuno y el almuerzo aprovechas de dormir, de rebozar cual cerdo en el barro en tu flojera, en la hediondez mañanera, esa que espera hasta después de almorzar para desparecer, cuando sin ganas te levantas y, si el ánimo acompaña, te vas a la ducha.

(Voy a saludar, ya que la presión se ha hecho insoportable... vuelvo para comentar).

...


Fui a saludar y no ocurrió nada más que todo lo esperable, aunque fue menos incómodo de lo que pensé. Me empezaron a preguntar de la carrera (como ya es costumbre), de lo que estaba haciendo, como me había ido y finalmente de test psicológicos, del magíster que curso, etc, etc, etc., realmente nada nuevo en el horizonte, aunque no hay nada que me agrade más que conversar sobre mi carrera (tal vez por eso fue menos desagradable de lo que imaginé). Como sea, en poco más de cinco minutos pude devolverme a mi madriguera... pero aún queda el almuerzo, ese momento desagradable en el que hay que compartir por un período de tiempo indeterminado.

Así van mis momentos de sábado...

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