sábado, 25 de octubre de 2008

Despertar

Despertó abruptamente. Ana abrió los ojos y lo primero que sintió fue un dolor de cabeza como nunca antes había sentido. Tenía los labios secos, las sienes le palpitaban y sentía la boca salada y un poco amarga.

Cuando por fin pudo enfocar la mirada, se dio cuenta de que estaba en un lugar que no conocía. La pálida y titilante luz de una vela de alguna forma le anunciaba que lo que vería no le gustaría y la sumiría en un terror que no era propio de una mujer como ella.

Estaba en el suelo, todavía no lograba -o no quería- incorporarse. ¿Cúanto tiempo había pasado?. El pelo enredado y algo pegajoso le hacía preguntarse tantas cosas, todos cuestionamientos que sin duda prefería no responder. Se levantó como pudo, estaba adolorida y un tanto mareada, pero pensó que lo mejor que podía hacer era buscar una salida, porque ese lugar se le antojaba horroroso. Tomó la vela que estaba pegada con esperma al suelo y miró a su alrededor. No había nada, muebles, ventanas y todo cuanto se supone hay en una habitación normal estaba ausente.... es que Ana aún no sabía cuan particular era el lugar en el que se encontraba.

El suelo era rocoso, como también lo eran las paredes. Roca firme la rodeadaba, lo que le daba al lugar un aspecto cavernoso, "tiene que ser una cueva o algo similar" -pensó-, pero si así era, ¿dónde estaba la salida?.

"Aunque gritara con todas mis fuerzas nadie me podría escuchar"
, fue lo que pensó mientras daba vueltas sobre sí misma tratando de encontrar la salida. Respiró profundo en un intento por calmarse y alejar ese pensamiento, el que, por un segundo, la inundó de desesperación. Se movía lentamente, como tratando de demostrarse a sí misma que estaba tranquila, aunque su respiración agitada indicaba lo contrario. La llama de la vela bailaba al ritmo de los movimientos de Ana, en una danza con el aire que, en otro momento y lugar, ella se hubiese detenido a contemplar.

Al poco andar encontró una puerta, era pequeña y de madera, parecía antigua, no tenía manija ni nada que pudiera mantener la esperanza de abrirla... por lo menos no desde dentro. La empujó y golpeó con todas sus fuerzas y cada vez que lo hacía parecía que su esperanza se desvanecía. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos como por voluntad propia, "no, no, no, no, nooo", repetía en su cabeza al tiempo que su boca lanzaba gemidos de impotencia. Cayó de rodillas al suelo, rendida, agotada, desesperanzada y con los nudillos rotos y palpitantes. Ahora lloraba a gritos, se sentía perdida, sola e indefensa... "¿Quién me está haciendo esto?, ¿por qué a mi?".
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Ana despertó sin abrir los ojos, por un momento pensó en lo extraña que había sido su pesadilla... hasta que la dureza del suelo la hizo volver a la realidad, a su realidad. Su estómago profirió un sonido que no pudo más que causarle asombro. Las tripas le dolían, no sabía hace cuanto no comía, pero sabía que tendría que hacerlo pronto, pues se sentía aún más débil que antes y, si seguía así, pronto no tendría posibilidad alguna de escapar. No sabía qué hacer, pero lograría algo, Ana no era del tipo de persona que se rendía ante la adversidad... por muy extraña o cruda que esta fuera.

El lugar donde se encontraba estaba fétido. Había designado un rincón como baño, el rincón más lejano que pudo encontrar, pero eso no impedía que el hedor lo inundara todo. Había sobrevivido los últimos días comiendo todo lo que encontraba, que no era mucho, pero recordaba haber leído la alta cantidad de proteínas que se podían encontrar en los insectos, así que en la oscuridad total en la que ahora se encontraba, cada cierto tiempo iba en búsqueda de lo que se había convertido en su única fuente de alimento. Del beber ni hablar, la única fuente de líquido de la que disponía era ella misma, así que había tenido que recurrir a su propia orina, era la única forma de sobrevivir. La primera vez que lo hizo se sintió humillada, "esto debería ser considerado una forma de canibalismo", había pensado entre lágrimas, pero la necesidad era más fuerte, así que en cuanto pudo puso las manos en su entrepierna y orinó, tratando de llevar las manos a la boca lo más rápido posible para no desperdiciar nada de aquel líquido dorado que ahora era vital y así poder beber la mayor cantidad posible; acto que repitió hasta que terminó de orinar.

Sabía que no estaba sola, había oído pasos un par de veces. Lo peor fue aquella vez que los pasos se habían detenido frente a lo que ella pensaba era su celda. La puerta se había abierto con un gran estruendo y un hombre -que a ella le pareció un gigante- la había golpeado dejándola al borde de la inconciencia. Ahora, cuando no bebía de sí misma o buscaba algo para comer, simplemente se quedaba acurrucada en un rincón en posición fetal, mirando hacia esa oscuridad que lo llenaba todo.
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Ana despertó serena, entregada a su miseria y su dolor. Los pasos la habían despertado. La puerta se abrió y el hombre que antes la había golpeado, tiró algo al suelo que ella apenas pudo distinguir... era comida. Ana se abalanzó sobre esa sombra en el suelo y comió con rapidez. El hombre la rodeó hasta ubicarse a sus espaldas y, mientras ella comía con desesperación, comenzó a violarla. Apenas lo notó, sólo se daba cuenta cuando se le escapaba un gemido que interrumpía el comer. Sabía lo que le estaban haciendo, pero estaba ya muy débil para defenderse o protestar, prefería ocupar sus energías en comer. Ya nada importaba, sólo seguir viva.

Las sesiones de comida y violación se habían convertido en un ritual diario. La única variante ocurrió un día en que el hombre la marcó con un fierro incandescente. "Para que sepas que eres y serás siempre mía", le había dicho mientras ella gritaba. El dolor fue insoportable, pero se sintió agradecida, ahora alguien la alimentaría y le daría de beber. Ana pensó que si ese hombre era su dueño, él la cuidaría y no la dejaría morir.
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Las luces la despertaron, trató de abrir los ojos, pero el fulgor era tan potente que no lo consiguió. Sintió el rechinar de la puerta de su celda al abrirse. Alguien se paró delante de ella, pero aún no lograba abrir los ojos como para distinguir quién o cuántos eran. Lo único que sus sentidos lograron percibir fue la voz del hombre diciendo:

"Felicidades, eres la única sobreviviente, te puedes ir".

3 comentarios:

María de los Angeles dijo...

ke brutal :| de verdá, impactante.

Mary dijo...

que fuerte!!! e inesperado final, da para muchas interpretaciones!

Anónimo dijo...

Opino igual que Mary!
me mato. Queria un final, pero no tan amplio!