jueves, 23 de octubre de 2008

Let the Games Begin

Se acabó (hace rato XD) el plazo para mandar sus cuentos. Aquellos cuyo cuento sigue en proceso tendrán que esperar hasta una próxima oportunidad.

Procedo a publicar los cuentos para que los puedan leer y votar por su favorito.
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Cuento: "Bien Morir"
Autor: Val

Si tan sólo supiera que ya me arrepentí...

Recuerdo su imagen vaga en un traje como de astronauta, los guantes, la bata blanca, la mascarilla que parecía traslucir una sonrisa de compasión, el gorrito verde y las antiparras. Toda una indumentaria para una ocasión especial.

Si tan sólo supiera que cuando me desperté y me ví amarrado a mi catre clínico, entubado hasta las entrañas y conectado a innumerables máquinas sonoras y titilantes recordé la promesa que le había hecho jurar que cumpliría... Pero ya no podía hablar para decírselo, no podía.

A medida que fue pasando el tiempo terriblemente eterno en una UCI Cardíaca me fui resignando a los baños de esponja, a no poder tragar, a las aspiraciones de secreciones de los tubos que provocan arcadas, a las noches sin sueño por las alarmas de la maquinaria clínica y por los controles de temperatura y presión caa hora. Todo eso he soportado y, como digo, ya me he resignado, lo tomo como parte de mi rutina...

Quisiera que me desataran las manos, que me dieran un papel y un lápiz para expresarle de alguna forma que ya no es necesario, que ya no necesito de ese tipo de lealtad incondicional.

Se acerca con los ojos vidriosos por la emoción ¡Aléjate! ¡Déjame solo! ¡No, por favor!. Ya lo hizo, sabe que irá a la cárcel, pero no le importa, después de todo yo mismo le pedí que me ayudara a bien morir.
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Cuento: "Rompiendo Cadenas"
Autor: Alicia.

Los buenos capitanes se hunden con su barco y yo no me volveré un náufrago sin vida, se repetía a sí mismo bajo un intento desesperado por mantenerse impertérrito, sólo algo tenía claro: necesitaba un cigarrillo, de los clásicos; siempre le gustaron los clásicos, quizás por eso eligió un método tan trillado para desaparecer de este mundo y llevársela a ella, a Victoria, junto a él.

Después de buscar durante un buen rato sin éxito alguno, por fin encontro una cajetilla con algunos cigarros, sacó uno y salió al patio. Era de noche, una noche bastante lóbrega en comparación con las demás. Bajo aquel cielo coagulado, mientras la luna llena y rolliza lo miraba con particular desdén, retiró su encendedor del bolsillo, realizando el conocido ritual de cada fumador, la verdad es que le costó asimilar que sería la última vez que se embriagaría inhalando y exhalando ese erebo envolvente del humo. Todo había sido culpa de ella, de eso no le cabían dudas, pensaba mientras daba grandes bocanadas. Esa actitud prepotente y orgullosa que le hacía sentirse como un tipejo era lo que constantemente le gibaba.

Durante las últimas semanas, Victoria osaba regresar al hogar con una felicidad maquillada en el rostro; que de ningún modo el supuesto trabajo que la mantenía alejada de él podía llegar a formar. No, debía tratarse de otro hombre. Nunca le interesó saber quien; pues en realidad su única obligación estaba para con su mujer. Todo esto, sumándole las pocas ganas de vivir que tenía Gustavo, hizo que en su mente apareciera una idea, que él calificó como quimérica. La respuesta estaba ahí, siempre la tuvo garbeando en su cerebro, debía morir, pero no solo, debía arrastrarla a ella a su mar de locura. Lo único que necesitaba era un motivo, una razón. Ahora ya la tenía, no había manera de retroceder, la decisión estaba tomada.

De alguna manera supo que ese era el día; había llegado el scherzo en la sinfonía de su vida, el momento glorioso en que podría pintar la realidad a su gusto, con sus propios colores. Siempre había sido paciente, aunque más que paciente era un vainaza, así que no tuvo drama alguno en esperarla durante todo el día. Gustavo siempre fue muy perfeccionista, una de sus características era el ser meticuloso en asuntos de gran importancia; y claro, este no se trataba de un tema irrelevante.

Al atardecer, alrededor de las ocho, Victoria llegó a su hogar. Ahí estaba Gustavo, esperádola con una copa de morapio en su mano derecha. En su cara por primera vez no veía aquel semblante melancólico y apático que le distinguía de los demás. Creyó ver incredulidad en el rostro de ella. Quizás se debía a que nunca había visto en los labios de Gustavo una sonrisa auténtica, real, ni tampoco ese tipo de atenciones. Todo resultaba impropio de él. Gustavo le ofreció un poco de vino, ella aceptó gustosa, aunque no le permitió acabar siquiera. El contenido del vaso se vertió en la alfombra en el momento en que sus dedos se cerraban lenta, pero resueltamente, sobre el cuello de la mujer. Al principio fue doloroso para él, Victoria intentó detenerlo, intento retirar esa mano de su garganta. Fue en ese instante en el que ella se aferraba atormentadamente a la vida. Gustavo sólo se limitó a apretar cada vez más fuerte. Bastó poco tiempo para que el el sufrimiento que Gustavo experimentó al comienzo de su labor se transformara en nada más que un mero trámite. Mientras avanzaba el tiempo, el colorido rostro de Victoria fue deteriorándose hasta adoptar un tono inerte, con unos cuantos toques xánticos, Gustavo sentía como centímetro a centímetro se iba desligando de sus viejas cadenas. Ahora sólo era escupir el mal sabor.

Por fin terminó de fumar, ahora sólo le quedaba ir a buscar la soga que con tanto cuidado anudó para dar fin a su macabro plan. Por primera vez se sentía libre de sus ataduras. Sonrió una vez más porque ya no sentía el peso de la vida oprimiendo sus intestinos. Por última vez fue a visitar la habitación donde se encontraba ella, había pasado muy poco tiempo desde lo sucedido. La abrazó. Aún su cuerpo conservaba su calor y suavidad.

Le costó separarse del cadáver de su esposa, lo dejó a un lado y tomó la cuerda, la única que lo ayudaría a lavarse en olvido y a perfumarse en eterna paz. Por fin había llegado el momento. Estaba parado en la silla, con la soga al cuello dispuesto alegremente a entregarse al fin del camino. Cerró los ojos y saltó de una vez por todas.

Aún no comprendía lo que estaba sucediendo. La cuerda poco a poco comenzó a desaparecer hasta desvanecerse por completo junto con la habitación, dejándolo a él suspendido en la nada. Estremeciéndose, hizo un esfuerzo por superar aquella angustia que le provocaba la extraña situación que escapa de sus manos. Sus párpados continuaban cerrados, tan sólo imaginarse qué era lo que sucedía lo hacía víctima de un pánico espeluznante; sin embargo sentía el incontrolable deseo por ver qué estaba pasando. La curiosidad incrementó cuando de pronto escuchó el fragor de una muchedumbre. Entre todo el estrépito, fue capaz de reconocer una voz, la de ella.

Enfrentándose a sus temores, dió el paso y abrió los ojos. Le costó un poco asimilar lo que estaba observando. En medio del pandemónium se hallaba Victoria, tal como el la recordaba, con esa mirada altanera y su fisonomía perfecta.

Los escalofríos comenzaron a subir por su espalda cuando notó que ella se acercaba hacia él. Las manos le sudaban, no sabía qué hacer. Fue cuestión de segundos el tenerla ahí, cara a cara. La miró a los ojos, descubriendo sus verdaderas intenciones. La mano de Vicotira se dirigía directamente al corazón de Gustavo, arrancándolo sin piedad alguna.

"Discúlpeme señor Solar, pero vamos a tener que cambiarle el suero" fue lo primero que escuchó cuando salió de la penumbra. Se encontraba en una habitación blanca llena de aparatos y, al lado de él, estaba un enfermero que lo miraba pasmado. Poco después de despertar vio luces de lo que realmente había sucedido. Había estado en coma durante tres meses o más.

Ahora sólo tenía una palabra en la mente. Venganza.
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Cuento: "Era un día soleado"
Autor: María de los Ángeles

Era un día soleado, aquel sol brillaba como si jamás hubiera brillado antes, sobre un cielo azul tan inmeso que parecía infinito. Un día común de Septiembre, con una leve brisa fresca sobre sus mejillas. Había empezado la primavera, todo parecía más verde y las flores llenaban todo de color. No sabía muy bien dónde ir, pero sus pies caminaban y la guiaban. No sabía dónde, pero seguía. Acababa de salir de aquel lugar, que de estar totalmente iluminado, abruptamente se volvió sombrío. En aquel lugar había pasado los mejores momentos de su vida. Los que ahora no eran más que recuerdos. Ya no quería pensar, tan sólo caminaba. Sentía que aquel peso que había tenido sobre su cabeza tanto tiempo se volvía liviano. Aquella había sido la última discusión, se dio cuenta de que ya no podía seguir así, ni ella ni él se sentían bien. De pronto en su reproductor de mp3 comenzó a sonar una música conocida. Una canción que la llenó de pequeñas y millones de sensaciones distintas. Oh, lo recordaba tan bien. Las lágrimas comenzaron a caer, una tras otra sin poder detenerse. Tampoco ella se resistía, era la primera vez que podía dejar sus lágrimas fluir libremente. Comenzó a recordarlo todo, como si el tiempo no hubiera pasado sobre su piel. Aquella primera mirada, aquel primer beso, aquel primer "te amo", su primera vez, juntos. Parecía que ya nada tenía el mismo sentido que en ese entonces.

- Ya no quiero estar contigo, me he cansado de esto.

Daba vueltas y vueltas por su cabeza. ¿Cómo era posible que aquel al que le había dado todo, de pronto, la desechara, así, sin importarle nada?.

- ¿Qué mierda me estás diciendo?, ¿acaso no sabes que nadie te va a amar más que yo?

Pero él parecía tener los oídos tapados. Ya nada le importaba y ya nada sabía de su amor que había resistido tanto, tanto tiempo, tormentas y mentiras.

Mientras seguía sonando esa canción, llegó a un lugar rodeado de verde. Se sentó, miró, respiró. Volvió a mirar, ese sol seguía más brillante que nunca, sin enterarse de su pena. Cerró los ojos por un momento y pensaba, por favor, que todo sea un sueño. El sol pegaba fuerte en su cara y secaba sus lágrimas. De pronto, sintió algo. El beso más dulce, más tranquilo, más lleno de amor que le hayan dado jamás.

- Perdóname, sabes que siempre serás la única para mí

Y es que ella, sumida en su tristeza, no se había percatado de los pasos que la seguían desde que salió de aquel sombrío lugar.

- No lo sé, tan sólo bésame otra vez, así, para sentir que alguna vez fuiste mío.

- Siempre lo he sido, siempre lo seré.

- Por favor ya no mientas, ya sé la verdad.

- ¿Y podrás perdonarme?

- No.

Y es que te amo, pero ya no puedo estar contigo.
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Esos son los cuentos. Saqué uno por petición del autor y otro que mandó mi queridísima Wenche, que empezó uno, pero surgió la idea de hacerlo juntos para ver cómo se desarrolla. Hacerlo juntos pero por separado, es decir, escribe un párrafo ella y escribo otro párrafo yo. La idea es que la historia "cobre vida propia" y nuestras ideas personales vayan tomando forma y dándole vida al cuento.... que nazca algo de ahí, un cuento particular, que nuestras ideas se vayan mezclando, ver cómo el otro reacciona frente al escrito del otro y cómo lo toma para continuar coherentemente la historia. Espero con ansias el resultado final de este experimento.

En fin, ya tienen los cuentos que quisieron ser publicados, los dejaré en una categoría especial para que tengan fácil acceso y puedan votar por el que más les gusta. Siéntanse libres de comentar.

Let the games begin!!.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Aysh, cual es de wenche?
me gusto el 2º... y el 3º tambien!

Mono Shiko, na de pescarme tu en msn!


Te odio!
Besos

Seba dijo...

Ayshhh XD

Pero si te gustó alguno vota.

El de la Wenche no lo publiqué porque vamos a hacerlo entre los dos, queremos ver cómo se va armando.

alfredo dijo...

lamento no haber alcanzado :(

pero igual apenas me inspire, te mando uno igual

saludos