domingo, 23 de noviembre de 2008

Cojos y ciegos

Cuando la música habla poco más queda por decir, esa es una de las razones por las que mis letras han estado un poco ausentes.

Hay momentos en los que simplemente me entrego a los acordes, esos que me permiten decir lo que siento sin siquiera abrir la boca, esos que me permiten sentir. Creo que son pocas las veces que me he permitido el entregarme a sentir, no es algo que me acomode particularmente... siempre trato de no sentir, como si esa fuera la única manera de verdaderamente sentirme. Probablemente no es sano, pero es la única forma en la que me he permitido ser. Rehuyo constantemente vivir emociones que puedan remover aquello que con tanto esfuerzo ha sido enterrado, es algo que me permiten seguir, sé que cojeo, pero esa es la forma en la que sé caminar.

Creo que he cerrado procesos importantes, pero como he dicho en varias ocasiones, estoy en pleno período de transformación y, en este contexto, el empezar a remover cosas no siempre es aconsejable, aunque a ratos se hace necesario. Me resisto fuertemente a abrir puertas que me parecen mejor cerradas, nunca he sido de los que se lanzan a reordenar el rompecabezas por una o dos piezas que no encajan por completo, es que al final la gran imagen es identificable... imperfecta, pero totalmente reconocible.

No sé si por coincidencia o designio astral, no soy el único en metamorfosis, de una u otra forma las personas más cercanas a mi también lo están. El problema se deja ver y el problema es que todos nuestros procesos apuntan en direcciones diferentes, no irreconciliables, pero al estar cada uno sumido en su capullo, empiezan a aparecer discrepancias, todas propias de los cambios que estamos viviendo. Es ahí donde estamos ahora, en plena crisis, en plena transformación, tratando de que el rompecabezas incompleto de cada uno encaje de alguna forma con el del otro. Caminando todos cojos, pero caminando juntos al fin y al cabo... no sé si durará.

Dentro de la cojera, propia de todo ser humano, nunca he logrado entender la necesidad de compañía, no porque no la haya vivido alguna vez, sino que no la entiendo porque no comprendo cómo una persona puede pretender entregarse al otro en el afán de que el otro lo complete. Siempre he pensado que el amor, a pesar de lo que popularmente se cree, es egoísmo puro, porque más que amar al otro, se ama la falta que se cree llenar con ese otro... el amor no es nada más que amarse a sí mismo, a ese yo ideal, esa completud ilusoria. Como en algún momento escribí (disculpando la autorreferencia):

"A la larga el amor no existe, amamos lo que creemos que nos falta, aquello que encontramos en ese "otro" y que nos gustaría tener, esa característica que siempre hemos extrañado en nosotros mismos... es por eso que el amor tiene mucho de admiración y el encanto que produce saberse con un otro a quien admiramos (y por lo tanto creemos que es digno de admiración para todos) nos hace "amar" y entregarnos sin medidas. Es que amamos lo que hace falta, así mantenemos el deseo abierto, no podemos cumplir con nuestro objetivo, no podemos encontrar el objeto que falta para poder sentirnos completos... el deseo siempre debe estar abierto, así siempre existirá la posibilidad de amar (...) No puedo pensar en otra cosa: en la entrega está el error. Es que no podemos entregarnos a una falta. Cuando nos lanzamos a un Yo Ideal, aquello que está fuera y que nos promete la completud, la felicidad y la sensación de tenerlo todo, es cuando la cagamos. Es que tener y ser todo, pasan a ser sinónimos y no podemos negar que esa sensación a la que se le denomina "amar" es sentir que lo tenemos todo y que no necesitamos nada y, por lo tanto, es pura ilusión".

Mantengo lo dicho en aquel momento y así sigo, cojo, como todos, un cojo más en este mundo de cojos y de ciegos, siendo los cojos los que saben que no tienen y los ciegos los que creen tener, aquellos que creen amar a alguien más que a sí mismos.

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