miércoles, 7 de enero de 2009

A 28 cm. de la Muerte

Carlitos siempre pensó que "Carlitos" era un apodo bastante mariconazo. Bueno, no desde siempre, sino que desde que llegó a la pubertad.

A pesar de sus casi quince años, Carlitos no medía más que 1,58, bastante pequeño para su edad, sobre todo si se comparaba con sus compañeros de clase. Se comprenderá que el que todo el mundo le dijera "Carlitos" no ayudaba a que él se sintiera mejor o más grande, pero a pesar de su molestia no se quejaba públicamente. Al principio, cuando sus compañeros lo molestaban por su baja estatura, solía defenderse diciendo cosas como "ya verán cuando sea mayor, seré más alto que todos ustedes", pero, lamentablemente para Carlitos, eso todavía no había ocurrido.

Las competencias adolescentes tampoco le venían nada bien pues nada se había desarrollado como podría esperarse en un niño de esa edad. De todas maneras él siempre participaba con la esperanza de esta vez lanzar el chorro de orina más lejos que cualquiera de sus compañeros, cosa imposible, pues su diminuta verga no alcanzaba los cinco centímetros y terminaba meándose las manos, los pantalones y, ocasionalmente, al competidor que tenía al lado. Con los pelos no era diferente, Carlitos se sonrojaba al ver que sus compañeros gozaban de lo que le parecía el privilegio de tener vello púbico y axilar; los miraba con recelo, también con cuidado, porque no quería que más encima lo tacharan de maricón por mirar a sus compañeros, sobre todo si no lo era. Lo que a él realmente le intrigaba era saber cómo se veía una verga grande y peluda, porque lo que sí tenía muy claro es que ninguna de las chicas que le gustaba se interesaría en él si no lograba desarrollar esas características, tan masculinas y atrayentes, como los adolescentes piensan que éstas son para sus compañeras del sexo opuesto.

Carlitos ya rondaba los dieciseis años y todavía la testosterona le era esquiva. Sus compañeros ya hablaban de sus vergas en vaginas; en cambio él, con suerte, podía agarrar sus cinco centímetros para, en un trabajo que no duraría más de diez segundos, masturbarse... si es que a eso se le puede llamar masturbación. A esta edad sus compañeros ya salían a fiestas a cazar chicas; Carlitos en cambio "prefería" quedarse en casa viendo una y otra vez un VHS con una triple X más antigua que él mismo, con la que se masturbaba hasta altas horas de la madruga. Digo "prefería" porque contar de plano que no lo invitaban a esas lujuriosas fiestas adolescentes sería un poco triste.

Así pasaron un par de años, Carlitos ya cumplía veinte la próxima semana y las cosas poco habían cambiado. Estaba deprimido, se sentía mal constantemente porque su verga prácticamente había desaparecido entre el grosor de sus piernas, porque el chico -a eso de los diecisiete- había entendido que tenía que compensar, así que el gimnasio fue su forma de escapar a la vergüenza del enanismo de su miembro viril -no tan viril en realidad-. Lo que Carlitos no pensó fue que sus músculos al crecer harían que aquel triste apéndice que colgaba de su prácticamente lampiño pubis (colgajo que no era más grande o grueso que una vela de cumpleaños para niños) se viera aún más pequeño, llevándolo a caer en la categoría de "Clítoris grande", pues al verlo parecía más un clítoris que una verga.

Cada día más desesperado por su condición, decidió conversar de este asunto con sus padres, quienes horrorizados y enternecidos al ver el micro-pene de su hijo, decidieron hacerle una propuesta: "¿Por qué no te operas para agrandarlo?, ese será nuestro regalo de cumpleaños". Carlitos estaba feliz, por fin podría cumplir el sueño de tener un pene grande. Pasó horas revisando fotografías de penes en internet, de todos los tipos y tamaños. Miró con atención la anatomía de Ron Jeremy, John Holmes, Jeff Stryker, Maxx Delong, pero ninguno le parecía suficiente... él quería más.

El día previo a la cirugía, Carlitos pidió entrar solo a la consulta del médico que lo operaría, ya habían tenido una larga conversación un par de días antes, pero por fin hoy lo pudo convencer. Al día siguiente, la cirugía empezó con normalidad, el médico hacía uso de sus utencilios con agilidad, pasando bisturíes, implantes y material de relleno de aquí para allá. Un ocasional chorro de sangre le salpicaba la bata, ante lo cual la arsenalera saltaba para impedir que siguiera saliendo sangre del parcialmente mutilado pene de Carlitos.

Seis horas, varios rellenos y muchos litros de sangre después, Carlitos era el orgulloso dueño de un pene de 28 x 7 centímetros.

"Es una monstruosidad", dijo seis semanas después, cuando por primera vez se pudo ver desnudo y sin las vendas en el espejo. "¿Cuándo estará este nene listo para la acción, Doc?", preguntó Carlitos al médico haciendo un guiño con el ojo derecho y un gesto a lo "John Wayne" con ambas manos. El médico pensó en decirle que al implantarle una verga del tamaño de un burro no le habían implantado la capacidad de ser "cool" o "buena onda", pero en vez de eso asintió y le explicó que ya estaba todo funcionando como debía.

Nuestro amigo con 28 x 7 de verga ya estaba listo para esa noche, velada en la que por fin saldría con una chica del vecindario, no la más bonita, pero sería suficiente la experiencia como para que la chica contara la noticia y así el resto de las féminas del barrio empezaran a fantasear con las inmensas dimensiones de los genitals de Carlitos.

Mientras navegaba en internet un par de horas antes de la cita, se encontró con un blog que titulaba una de sus entradas como "Quince cosas que no sabías sobre el pene", cuestión que de inmediato le interesó, ya que quería tener la mayor cantidad de información posible para su debut esa noche. Lo que más le llamó la atención decía algo como esto:

"7. Solo un hombre de cada 400 es lo bastante flexible como para darse a si mismo placer oral. Sin embargo se estima que de esos 400, todos lo habrán intentado con ahínco por lo menos alguna vez... de eso doy fe".

Él nunca lo había intentado... lógico, si por más que se estirara no hubiese llegado a encorvarse lo suficiente como para llegar a mamar esos cinco centímetros que durante tanto tiempo lo atormentaron... pero ahora todo era diferente. "¿Podré?", se preguntó Carlitos. En menos del tiempo que antes le llevaba eyacular, ya se había quitado los pantalones y la ropa interior y estaba en pleno proceso de estimulación de su ya enorme miembro. Cuando estuvo todo preparado empezó a corcovarse lentamente, al principio le costó un poco, no sabía si esa silla era el mejor lugar, pero lo siguió intentando de todas maneras. Al cabo de unos segundos su espalda cedió, así le fue más fácil hasta que por fin tocó con la punta de la lengua la cabeza de su verga.. pero no se conformaría con eso. Siguió encorvándose hasta que logró meter más de la mitad de ese monstruo en su boca. La luna, las galaxias, las estrellas y cuanta fantasía había tenido con todas las actrices porno, vecinas y hasta primas se le empezaron a pasar por la mente; estaba tan excitado que ignoraba las pequeñas arcadas que a ratos le venían, pues estaba hipnotizado en el vaivén del placer oral. Tal fue su momento de inspiración masturbatoria que decidió probar hasta donde podría llegar, cuando su nariz llegó a los testículos pensó: "Mierda, soy bastante flexible", pensamiento que fue interrumpido por el calambre más fuerte que una persona puede experimentar. Sentía que su espalda ardía como al contacto con un metal al rojo vivo, hasta imaginaba el fulgor de las brasas que le quemaban. No podía moverse, no podía enderezarse, trató de hacerlo un par de veces, pero el dolor se lo impidió. No podía respirar, tenía la nariz pegada a sus bolas y la boca llena a reventar con su pene, trató de sacárselo de la boca, pero estaba tan erecto y tan adentro que por más que lo intentó no pudo hacerlo. Entre el tironeo que hacía de su miembro y los movimientos linguales que intentaban expulsarlo, eyaculó. Sus ojos se empezaron a poner blancos, la situación no le permitió discernir si era por placer o por asfixia. Lentamente empezó a perder el conocimiento.

Al momento de la cita, la madre de Carlitos lo fue a buscar a su cuarto. Al entrar se encontró con la peor escena imaginable frente a sus ojos, su hijo desnudo sentado en una silla de escritorio en una posición que jamás había visto. Cuando se acercó y se arrodilló frente a él, pudo ver la extraña mueca de placer que el rostro de su hijo tenía, pero lo que hasta el día de hoy atormenta a esta mujer es haber visto los 28 centímetros del pene erecto de su hijo atrapados en las profundidades de su propia boca, mientras de ésta caía un líquido blanco y espeso que prefirió no identificar.Justificar a ambos lados

5 comentarios:

Elisa dijo...

Ayyyyyyy......................... me ha dado muchito asco, asi que supongo que está muy muy bien narrado. Espero que no sea una historia real y todo haya salido de imaginativa y un pco perturbada pluma, la tuya? un besito

María de los angeles dijo...

AHAHHAH GOOOOD pobre carlitos XD igual que ami parece que te impactó el punto 7 ajajajaj. pero está muy muy bueno me reí mucho xd

yy me tiño con anilina porque queda más cool ajajaj

p.d. no me gusta poco, me gusta HARTO XD

Mary dijo...

jajajajajaj lo encontre buenisimo!!! pobre carlitos eso le pasa por ser tan ambicioso xD

buenisimoo

ines dijo...

buenísimo!!!
pucha que escribe lindo usté oiga
abrazos,
val

Anónimo dijo...

JAJAJAJAJA vaaya fantasíaaaas xD