miércoles, 17 de junio de 2009

Sobre la Ética y la Técnica

Para comprender al psicoanálisis como un tipo particular de ejercer la clínica, se debe considerar la tensión existente entre la técnica y la ética psicoanalítica.

Freud, en un intento de transmitir su trabajo, plasma en escritos este nuevo quehacer clínico, el cual no se inscribía en los trabajos que hasta entonces se conocían. La intención era tener la posibilidad de traspasar esta nueva “técnica” o forma de trabajo, al mismo tiempo que se fundaba un método y una lógica particular, la cual permitiría que alguien más que él pudiera llevarla a cabo, es decir, se trataba de una “transmisión”. Esta transmisión puede ser entendida de dos formas, primero como un traspaso de conocimientos que son objetivables y mesurables, por lo tanto sistematizados en procedimientos específicos que harían que este conocimiento particular fuera un cuerpo teórico-técnico probado, como una suerte de manual, configurándose así los “Escritos Técnicos” pensados como un conjunto de indicaciones específicas; o bien, considerar la transmisión en relación a una ética, la “Ética del deseo”, es decir, que el espacio que configura y funda esta nueva forma de trabajo guarda estrecha relación con el lugar del analista en cuanto al deseo, por tanto subjetivo, entendiendo el deseo como el sostén de esta forma de ejercer la clínica, siendo un lugar que no es reductible a un conocimiento técnico.

Para la tendencia lacaniana, la transmisión guarda estrecha relación con la ética, puesto que lleva la operativización a un cuestionamiento, al terreno del deseo, a una toma de posición respecto a la clínica psicoanalítica como ejercicio. En este sentido, se pueden considerar las diversas concepciones de los dispositivos analíticos, por ejemplo el encuadre.

El encuadre, en el pensamiento lacaniano, cobra valor como palabra y discurso, como una producción ética que tiene efectos clínicos, implica, por tanto, una toma de posición que pone en juego el deseo, ya que se considera como un dispositivo que permite movilizar al paciente, razón por la cual no se puede afirmar que el análisis esté sostenido por éste como una delimitación particular de lo que se podría considerar un “espacio analítico”. En la tradición clásica, en cambio, el encuadre figura como un piso desde el cual se puede producir el espacio de una clínica psicoanalítica, el cual delimita e intenta operacionalizar lo analizable, razón por la que se podría considerar este enfoque del encuadre como un intento de neutralidad para/con el paciente, lo que demarcaría y pondría un límite arbitrario a lo que podría considerarse como “material analizable”.

En este contexto se puede considerar una diferencia entre la concepción de técnica y ética, es decir, entre el psicoanálisis clásico (o freudiano) y el psicoanálisis lacaniano, respectivamente. La técnica, asociada a una tendencia más bien clásica, se podría considerar como un acervo de conocimientos y herramientas particulares que constituyen una suerte de dogma, que establecen un quehacer particular y bien delimitado del psicoanálisis como práctica clínica y que permitirían un ejercicio estandarizado de esta práctica. En cambio, la concepción lacaniana considera la ética como eje central del psicoanálisis como ejercicio, es decir, un modo particular de comprender o abarcar el ejercicio analítico desde la perspectiva del acto, del deseo, el cual moviliza una toma de posición particular. De esta manera se puede comprender que la ética guarda relación con una problemática del deseo, y la técnica con un intento por operativizar u objetivar la praxis del análisis.

Si consideramos esta diferencia entre la ética y la técnica, no se puede dejar de mencionar la tensión subyacente, ya que se debe considerar que ningún análisis, por más lacaniano que éste sea, puede prescindir completamente de la técnica. Esta tensión puede ser entendida como algo fundacional para el psicoanálisis, debido a que más allá de considerar al psicoanálisis como un saber transmisible, para su ejercicio se debe pasar por la experiencia del deseo y del inconciente, es decir, haber experimentado esta ética del deseo en análisis, ya que nadie puede tomar un lugar analítico sin la experiencia del inconciente. Esto es lo que Freud llamaba “Análisis Didáctico”.

Dentro de esta tensión entre ética y técnica y las diferentes herramientas que se han descrito para abordar el material inconciente, existe sólo una regla fundamental de la cual ningún análisis puede prescindir: la asociación libre. Para Freud esta regla está dada por la petición al paciente de decir todo cuanto se le ocurra, lo cual permitiría la aparición del material inconciente. Para Lacan, la asociación libre es aquello que permite fundar un espacio analítico, ya que el sujeto al verse enfrentado a esta petición, se ve enfrentado a un imposible, funciona como una ley simbólica ante la cual no puede escapar, pero que tampoco puede cumplir. Esta ley tendría la misma estructura que la constitución del sujeto, una estructura paradojal, razón por la cual abre un espacio particular, siendo éste un espacio analítico, el cual produce un sujeto, al mismo tiempo que abre la posibilidad a ese sujeto de producir, es decir, da cuenta del sujeto en tanto sujeto en falta. En este sentido, este enunciado permite la producción de material inconciente, la movilización del deseo, lo que da cuenta de su estructura, mostrando cómo este sujeto se enfrenta ante la imposibilidad, ante la falta y, por tanto, ante el deseo.

Es así que podríamos afirmar que desde Lacan no existe una diferencia o distinción entre la teoría y la práctica analítica, ya que es esta última la que actualiza la teoría, la refunda en y desde el ejercicio clínico, puesto que la praxis tiene como elemento fundamental el deseo, siendo esto un elemento esencial para comprender la tensión y distinción entre la ética y la técnica psicoanalítica y cómo la toma de posición frente al deseo permite que ambas pueden ser entendidas como un todo.

A través de lo anteriormente mencionado, se puede comprender la importancia del rol del deseo en el psicoanálisis. En relación a esto podemos tomar como ejemplo a Antígona. El deseo es aquello que moviliza al sujeto, guarda relación con una ética, puesto que es una toma de posición frente a la ley. Lacan plantea que el deseo se ve puesto en oposición a la ley, es decir, toma el principio de placer (que moviliza) y el principio de realidad (que limita), estando puesto este último en cuando a la ley moral, dos opuestos que movilizan y que son parte de la inserción en la cultura, estando de por medio una prohibición. El sujeto buscara “su bien”, el cual está estrechamente relacionado con el placer, es decir, intentará cumplir su deseo, ante lo cual se encontrará con las limitantes puestas por el principio de realidad, por la ley, siendo esto algo que posibilita al sujeto en tanto tal, puesto que, al existir una prohibición, el sujeto puede constituirse como sujeto en falta, como un sujeto barrado. Será esta falta la que movilizará el deseo del sujeto, ya que siempre intentará encontrar aquello que llene su falta y, por tanto, cumpla su deseo, cuestión que es un imposible, porque si el sujeto lograra llenar su falta, si lograra estar completo, dejaría de existir.

Si tomamos como ejemplo a Antígona, podemos pensar que su experiencia, como búsqueda de "su bien", cobra particular valor, ya que se pueden apreciar con claridad los elementos previamente expuestos.

El deseo de Antígona era el poder enterrar a su hermano, cuestión que por razones sociales no podía llevar a cabo, ya que esto le valdría la muerte. En este sentido, se puede apreciar cómo la ley moral (o principio de realidad) se opone al deseo (principio de placer), se establece entonces un conflicto que debe ser entendido como un “conflicto ético”. Ante la prohibición, Antígona aparentemente cede, es decir, prefiere no ceder ante su deseo, pero luego decide que debe, por un deber ético, darle entierro a su hermano. Este deber ético, subjetivo y particular de este personaje, nos hace comprender cómo el bien (entendido como “su bien”, es decir, como único y singular para cada sujeto) está directamente relacionado con el deseo. Entiéndase así que la ética del deseo, es una ética particular, una toma de posición por parte del sujeto, la cual estará en oposición a la ética moral, o ley social, la cual se opondrá a la realización del deseo, al encuentro de este “bien” de cada sujeto. En este punto se puede plantear la oposición entre la verdad y la mentira, pudiendo entender la “verdad” como la “fidelidad al deseo”, el apego que cada sujeto tiene a su deseo, a su ética; comprendiendo entonces la “mentira” como el ceder del deseo ante la ley moral. En este contexto, Antígona opta por “su bien”, decide enterrar a su hermano, sabiendo que esto le costará la muerte, es decir, a sabiendas de que el cumplimiento de su deseo será equivalente a dejar de existir, mostrándose dispuesta a pagar el precio de su deseo. Como dice Lacan: “(...) Antígona lleva hasta el límite la realización de lo que se puede llamar el deseo puro, el puro y simple deseo de muerte como tal. Ella encarna ese deseo” .

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