martes, 9 de junio de 2009

Un Solitario y Lúcido Espectador

Basado en "Funes el Memorioso" de Jorge Luis Borges.

Ireneo Funes, hombre de 19 años, poseía la virtud de una memoria infalible. Como ningún hombre, podía aprehender todos los detalles de las cosas, su memoria absorbía todas las particularidades de lo que veía y vivía. Lo que se podría considerar como una admirable capacidad se convirtió en un dilema, porque cada detalle de cada cosa que veía lo asombraba y se sentía pasmado ante la inexactitud que tenían las palabras para describir aquellos detalles. No lograba entender cómo tantas diferencias podían ser agrupadas en generalidades que encarecían aquello que querían representar. Consideraba al lenguaje como un instrumento ineficaz, desprovisto de la exactitud que él ansiaba y requería, cuestión que lo llevó a intentar crear un vocabulario infinito, un catálogo mental de todas las imágenes de sus recuerdos, inventando palabras y símbolos nuevos que tuvieran la riqueza necesaria para explicar lo que él era capaz de captar. Y es que Funes no se equivocaba, el lenguaje no es suficiente para representar a cabalidad los elementos que el mundo nos ofrece, y una de las razones fundamentales de esta insuficiencia lingüística es que simplemente las palabras no son aquello que vemos.

El lenguaje, como forma de representar lo que nos rodea, abre el campo de las cosas, las transforma en significantes, constructos que nos permiten generalizarlas y compartirlas, tener una interpretación del mundo, un consenso para poder insertarnos en él. Desde esta perspectiva, podemos pensar que el consenso sobre las cosas es el consenso sobre el lenguaje, y, en teoría, compartir una lengua nos permitiría compartir la misma interpretación sobre el mundo. Pero no es así. La estructura del lenguaje es en sí misma ambigua, pues el discurso se estructura como una cadena de significantes, es decir, una cadena de palabras, donde cada una intenta precisar a la anterior, haciendo cada vez más difusa la idea (o imagen) original que se quiso expresar. Como dice Freud: “Las palabras son el punto nodal de numerosas ideas, y por ello puede considerarse que están predestinadas a la ambigüedad”.

Funes se percató de un problema fundamental, se dio cuenta de que lo real está fuera del alcance de lo simbólico, que la riqueza de lo que observamos queda necesariamente fuera del alcance de nuestro lenguaje. No hay significantes exactos y completos, es decir, no hay un significado a priori en las cosas, éstos sólo se pueden encontrar en la cadena de palabras que intenta precariamente representar lo que la mirada, en este caso la de Funes, logra percibir. Tal es el efecto del registro simbólico sobre la mirada. Por ejemplo, Zizek explica: “La emergencia del lenguaje abre un agujero en la realidad, y este agujero cambia el eje de nuestra mirada”. Podemos entender entonces cómo los recuerdos de Ireneo sólo podían ser de él, que el acto de compartirlos sólo podría ser un intento, pues ir más allá era imposible y, como bien plantea el narrador respecto a nuestro protagonista, él “era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”.

Si consideramos lo anterior, entonces, ¿qué es si no lo real lacaniano en lo que Funes se vio inmerso? Aquellos recuerdos eran minuciosos y el no poder explicarlos tal y como él los veía hacía que esos recuerdos parecieran vivos, como la pulsación de una sustancia presimbólica cuya vitalidad termina siendo abominable. Y es que el lenguaje nos permite evitar que la realidad, aquello ajeno que está fuera del consenso lingüístico, nos golpee. De esta forma podemos pensar al lenguaje como una frontera que separa un adentro de un afuera y que nos ubica en la cómoda incomodidad del discurso, aquel elemento que hace posible la comunicación, pero que al mismo tiempo nos impide una comprensión acabada de quienes nos rodean y lo que quieren expresar, pues, como dice Lacan, “el fundamento mismo del discurso interhumano es el malentendido".

1 comentario:

alfredo dijo...

en terminos mas simples, el constructivismo plantea que el lenguaje es constructor de una realidad, tantas como somos.

es de alguna forma, una representacion de quienes somos y de lo que vemos, NO de lo que está.

saludos