jueves, 23 de julio de 2009

La Memoria como Mapa


El fijar en papel los lugares que existen y, sobre todo, los que se visitan, surge por la necesidad de dejar una huella material de aquella memoria, de dejar impreso el trazado de un recorrido y poder revivir así aquel viaje que alguna vez fue emprendido. Esto no sólo permite el recuerdo, sino que también la transmisión de esta memoria, de ese saber conseguido durante el trayecto.

Podríamos pensar que la memoria también es en sí misma un mapa, un grupo de huellas que leídas en conjunto dejan de manifiesto aquello que hemos vivido, los lugares en los que hemos estado y las personas que nos han acompañado. Quedan los restos de las vivencias, quedan los pasos de la impresión de nuestras vivencias como caminos en un mapa, los que podemos recorrer una y otra vez para buscar aquel lugar al que nos gustaría volver. Alguien podría decir que los recuerdos no son nada parecido a un mapa, que los recuerdos no son la copia fiel de aquello que está, como sí lo podrían ser los mapas, pero el mapa tampoco es el territorio, así como el recuerdo tampoco es aquello que evoca. La memoria, así como el mapa, es una representación, una versión de lo que está o alguna vez estuvo, ambas son estructuras narrativas y, es más, me permitiría decir que son experiencias narrativas, ya que ambas surgen por la necesidad de concentrar, en un lugar distinto al original, la dimensión del tiempo y el espacio, lugar en el que también está implícita la dimensión de la experiencia. Ambas son historias construidas, una verdad que tiene forma de ficción.

La memoria y el mapa también incluyen el tiempo futuro. En el mapa podemos prever los obstáculos que como viajeros encontraremos, y en los recuerdos podemos anticipar las vivencias que tendríamos de volver a aquello que rememoramos. "Si podemos describir la Tierra, es porque en ella hemos proyectado el cielo” y esto es porque más allá de lo geográfico que está involucrado tanto en la memoria como en el mapa, el carácter narrativo de ambos es signo de su posibilidad constructora de una visión y una versión de la realidad.

Los mapas se sitúan en el límite entre dos geografías, la de la parte y la del todo. El mapa, como una parte, es una versión del territorio, y como un todo al ser una forma de escribir, una tentativa de simbolizar al territorio de forma completa, intentando abordar su riqueza en forma de mapa, es decir, de signo, por tanto, se inscribe como una forma de comunicación, de lenguaje a través de símbolos cartográficos. El mapa habla del y con el territorio y esta necesidad de decir el territorio surge porque simplemente no hay mundo fuera de las palabras, es este acto de decir la superficie el que permite que nos apropiemos de lo objetivo a través de lo simbólico, un acto de subjetividad que se instaura como la única forma de hacer el territorio accesible a todos, incluso para aquellos que nunca han estado en aquel lugar.

Al igual que en las palabras y la memoria, los mapas despiertan el deseo de vivirlos desde dentro, de encontrar el propio camino entre sus signos, de recorrerlos y perderse en ellos. La descripción de los recuerdos remite a la descripción de la geografía interior, del lenguaje a través del cual se lee e interpreta y que deja huellas similares a las que encontramos en estos retazos interpretados de territorio.

1 comentario:

Kitty Valerie dijo...

No lo había pensado así, pero tienes razón.
Abrazos,
Val