martes, 20 de octubre de 2009

Insurrecto

La rebeldía, que gran forma de levantarse, erigirse contra aquello que coarta nuestro deseo. Veía "Drácula" y pensaba en el poder de ir más allá, del poder de la desobediencia, de la irreverencia al mandato. "Regresaré de mi propia muerte para vengar la de ella con todos los poderes de la oscuridad... la sangre es vida y será mía", decía Drácula mientras bebía de la sangre que caía de esa gran cruz apuñalada. Bebió de la sangre de la cruz, asumida como la sangre del Padre que le impuso el dolor del cuál él decidió hacer su modus vivendi.

La rebeldía por dolor, suena a acto poético, ese dolor que llena de amargura y moviliza a realizar los actos más impensables, esos que en nuestra sobriedad provocada por la rutina y las decepciones cotidianas sólo nos atrevemos a fantasear. Cuántas veces he querido tener la capacidad de sublevarme, de ir más allá, cruzar esa línea autoimpuesta que secuestra cada impulso que sentimos que el Otro desaprobaría. Que agotadora resulta la lucha con los ideales que fantaseamos para nosotros mismos, una verdadera cárcel que construimos con las fibras más rígidas de nuestro ser, esas que nos gustaría mostrar, porque aunque no queramos estamos más preocupados por conseguir la aprobación externa que la propia. Si es así, ¿se puede pensar en la rebeldía como el único acto de auténtica fidelidad a nuestro deseo?.

¿Cuál es el precio del deseo?, ¿el dolor quizás?. Tal vez la fidelidad al deseo nos mataría, un vivir en constante rebeldía, pero una externa, porque me parece innegable plantear que vivimos de hecho en rebeldía, pero una contra nosotros mismos. Nos negamos a cumplir y satisfacer nuestros anhelos, esos llamados "oscuros", escondidos, esos que probablemente nadie más que nosotros conocemos y que incluso nos provocan cierto rechazo por no ir al compás de la melodía de lo que creemos el Otro espera de nosotros. Ahí radica el goce, ese "placer culpable", doloroso, goce obsceno que nos hace disfrutar de la cárcel que hemos construido para nuestro deseo.

¿Cómo enfrentamos los momentos en que los barrotes de esa cárcel parecen flaquear?. Pareciera que cuando la más mínima cantidad de ese deseo llega a asomarse a las puertas de lo evidente, nos provoca una culpa tal que no logramos hacer nada más que volver a guardarlo, esta vez cerrado con las siete llaves de la represión. Olvidar, olvidar el deseo, olvidar lo que quieres, ser fiel al Otro por sobre todo, porque, al fin y al cabo, quien provoca ese deseo es él, no tú, nada nos pertenece, ni nuestras fantasías más oscuras. Pero hago un llamado, un grito a la rebeldía, a la explotación del deseo para el cese del goce punitivo y obsceno de la represión.

¡¡LIBÉRENSE!!, sean como aquel ficticio personaje que bebió de la sangre del Otro para poder alzarse contra él, sean el Otro, levántense contra él, que la indisciplina sea vuestro nuevo goce, un goce obsceno no por su dolor, si no que por su insurrección.

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