viernes, 31 de agosto de 2012

Disuelto

Me re-leo, parece un buen ejercicio en momentos como este, llenos de una nostalgia especial, una que hace mucho no venía con tal crudeza.

Leí la última entrada de este blog, escrita hace ya casi 9 meses y, con sorpresa, me sigo sintiendo absolutamente identificado, ya que la sinceridad de esas palabras siguen siendo una verdad irrefutable para mi. ¿Perdí toda inspiración al dejarme llevar por la superficialidad de lo cotidiano?, ¿me ahogué en la costra mundana de la vida diaria sin más, sin un manotazo, sin una petición de auxilio? La agonía de mis letras se mantiene, se materializa en este breve desahogo sin norte, el que no tiene una mejor función que el desahogo.

Pensaba en que me muestro como una persona feliz, la gente cree que soy feliz, río, ríen conmigo, comparto con mucha gente, pero no puedo evitar el llegar siempre a la misma pregunta, "¿soy realmente feliz?". Hay algo que falta, que siempre queda corto, pero nunca sé qué es, quizás es por eso que siempre me he apegado tanto al Psicoanálisis, ahí encontré la respuesta a esa sensación: la falta, triste respuesta, desalentadora, pero respuesta al fin y al cabo... la que no es más que un nuevo sustituto, otro intento de llenar ese vacío sin fondo que marca la vida de todos nosotros.

Nostalgia, melancolía diríamos algunos, una nostalgia crónica por algo que pasó, que quizás tuvimos. Estamos llenos de recuerdos disfrazados con flores y fuegos artificiales que intentan embellecer un pasado que no fue más que otro intento por llenar el exacto mismo vacío que sentimos ahora. Pensar que el pasado siempre fue mejor, es sólo pensar que el disfraz que ocupábamos antes era más idóneo, era más práctico y ocultaba de mejor manera nuestras miserias, esas de las que jamás podremos escapar, porque en el fondo todos sentimos lo mismo, pero pocos nos atrevemos a mirarnos al espejo (sea el que muestra nuestras ojeras o el que nos facilita nuestras letras) y decir "esto es en lo que me he convertido... y no me gusta".

Sólo resta quedarnos con el triste y desalentador recuerdo de que en algún momento de inocencia -ese momento ancestral en que el futuro parecía infinito, lejano y lleno de posibilidades- pensamos "algún día lo tendré todo y seré feliz".

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